
Todos tenemos un pasado oscuro. He aquí el mío: yo maltrataba a mis barbies. Maltratarlas maltratarlas no, más bien creaba un nuevo ideal de muñeca, diferente al de mis amigas y diferente al de todas sus madres.
Todo empezó en la navidad en que me regalaron la barbie sirena. Además de poder ponerle cola en lugar de piernas tenía un brazo que si le dabas hacia atrás se le iluminaba el pelo. Yo desde el primer día quise saber por qué se le iluminaba el pelo. Tenía tanta curiosidad que cuando mi madre se despistó diseccioné a la muñeca para ver qué mecanismo tenía dentro. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en mi caso a quién mató fue a mi barbie sirena. Os he mentido: en realidad diseccionarla es algo muy técnico; yo de aquellas tenía seis años, así que mi técnica fue arrancarle el brazo y la cabeza de cuajo. Lo que descubrí fue que la barbie tenía dentro de su cuerpo cables que iban conectados a una pila que llevaba en la parte de atrás de la espalda. ¡Qué decepción! Recuerdo que me esperaba algo más espectacular. Bueno, la cosa es que satisfecha mi curiosidad intenté volver a montarla...y ya no supe. Ahí estaba yo, con un brazo de barbie-sirena por un lado y con su cabeza por otro. Pero la cosa no acaba aquí: ya que la había roto, y ya que sabía que nunca más iba a lucirle el pelo decidí que la solución para que su melena siguiese siendo espectacular con colorines y tal era pintársela con rotuladores. Con ése experimento me envalentoné (esta palabra no se si existe, la decía mi abuela y la dice mi madre) y al final pues le hice hasta piercings con agujas. La barbie quedó para tirar a la basura pero yo me lo pasé pipa… y claro, cada vez que me regalaban una barbie pues repetía la operación. Lo peor de todo es que luego me atreví a hacer la comunión sin confesarle esto al cura.
Todo empezó en la navidad en que me regalaron la barbie sirena. Además de poder ponerle cola en lugar de piernas tenía un brazo que si le dabas hacia atrás se le iluminaba el pelo. Yo desde el primer día quise saber por qué se le iluminaba el pelo. Tenía tanta curiosidad que cuando mi madre se despistó diseccioné a la muñeca para ver qué mecanismo tenía dentro. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en mi caso a quién mató fue a mi barbie sirena. Os he mentido: en realidad diseccionarla es algo muy técnico; yo de aquellas tenía seis años, así que mi técnica fue arrancarle el brazo y la cabeza de cuajo. Lo que descubrí fue que la barbie tenía dentro de su cuerpo cables que iban conectados a una pila que llevaba en la parte de atrás de la espalda. ¡Qué decepción! Recuerdo que me esperaba algo más espectacular. Bueno, la cosa es que satisfecha mi curiosidad intenté volver a montarla...y ya no supe. Ahí estaba yo, con un brazo de barbie-sirena por un lado y con su cabeza por otro. Pero la cosa no acaba aquí: ya que la había roto, y ya que sabía que nunca más iba a lucirle el pelo decidí que la solución para que su melena siguiese siendo espectacular con colorines y tal era pintársela con rotuladores. Con ése experimento me envalentoné (esta palabra no se si existe, la decía mi abuela y la dice mi madre) y al final pues le hice hasta piercings con agujas. La barbie quedó para tirar a la basura pero yo me lo pasé pipa… y claro, cada vez que me regalaban una barbie pues repetía la operación. Lo peor de todo es que luego me atreví a hacer la comunión sin confesarle esto al cura.



