Soy una lenteja de
algodón, nací entre algodones. No os penseís que eso quiere
decir que sea la princesa de las lentejas, ni que me traten muy bien, ni que tenga un montón de sirvientes; mi vida es realmente dura.
Habitaba en un envase de
yogur Danone natural (del normal, no azucarado) de los de plástico de protección oficial; el salario de mi familia no nos dió la posibilidad de elegir uno de cristal. Compartía este minúsculo
apartamento de una sola habitación con mis dieciocho hermanas y mi padre.
Nos riegan muy de vez en cuando. Mi mayor problema es
eso de que nos pongan al sol porque se evapora el agua y nos quedamos en ese
algodón duro y seco durante días sin que nacie oiga nuestros gritos de socorro.
Ahora bien, cuando lo hacen, se pasan con el agua y muchos de mis familiares
(papá lentejo es uno de los más recientes) han muerto ahogados. Cuando nos
echan tanta agua además se pudre y desprende un olor muy desagradable.
Pero a lo que iba, el otro día nos
cambiaron los algodones porque se habían podrido, y en la migración hacia el
nuevo país del envase de natillas, cayeron en el intento cinco de mis
hermanas. Esta semana nos han
llevado de excursión al colegio; y cuando nos han arrancado de los algodones para
ver nuestas primeras hojitas siete de mis hermanas se han quedado mancas y con
grandes lesiones irreversibles (les han arrancado las raíces que estaban
enganchadas en el algodón). Sé que morirán en unos días.
Mi vida sigue y
escribo este diario por si algún día de estos llega mi hora y alguien puede
recoger tan trágicos sucesos y proclamarme Santa. Vivimos en un sistema
opresivo donde el Darwinismo impera; por ello suplico la formación de una
asociación de la protección a la lenteja Pardina de La Bañeza para evitar tales desastres y que
otras legumbres más jóvenes que yo (y con más vida por delante) tengan un
futuro mejor.
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