Había sido un día duro en el trabajo; realmente no tenía ningún motivo especial para hacerlo, pero no se sentía con ánimos y sabía que eso la ayudaba. Sacó de su fino estuche de plata grabado con finos motivos un recambio de cuchilla; lo desarmó pacientemente y lo introdujo con suavidad en la pálida carne de su fina muñeca. Un riachuelo de sangre tibia comenzó a fluir con desgana por su antebrazo. Suspiró. Esperó a que el flujo del líquido carmesí cesase por sí solo. Una última lágrima roja cayó al suelo; la limpió con escrupulosa meticulosidad y volvió a suspirar. Definitivamente se sentía mejor. Envolvió cuidadosamente la cuchilla y la tiró a la basura del cuarto de baño, ajena a la sangre que empapaba la manga de su camisa blanca delicadamente planchada.
- ¿Sabe usted por qué está aquí?
Ella ignoró la pregunta. Sacó su pitillera de Prada y encendió un cigarrillo.
- Señorita... lamento decirle que dentro del recinto hospitalario no está permitido fumar.
Exhaló el humo lentamente, con algo de arrogancia pero sin ánimos de desafiar al doctor. En el fondo sentía lástima por él. Rondaría los 30 años, era joven para ser psiquiatra (ella estaba acostumbrada a esos viejos de lentes gruesas y aliento a mentol), bien parecido y amable, a pesar de todo. Y ahí estaba, a las 12 de la noche y con un montón de horas por delante que pasar atendiendo a desconocidos, casos desviados de la naturaleza humana, sin más recompensa que la risa histérica que profieren.
Él repitió la pregunta con paciencia, - Señorita, ¿sabe por qué se encuentra usted en este hospital? - Esta vez el tono de su voz sonó cálido y débil. Esbozó una tímida sonrisa para alentar a que, la que esta noche era su paciente, se decidiese a hablar.
- Silencio. Ella apagó el cigarrillo, sin haberlo terminado, sobre el vaso de agua que el doctor le había servido.
- Señorita... en el informe de urgencias pone que usted se ha intentado suicidar con una cuchilla... sino contesta a mis preguntas, tendré que internarla en el hospital para mantenerla en observación; ¿me entiende?
- Ella cambió el cruce de sus piernas; se alisó con parsimonia su falda y miró directamente al doctor: - discúlpeme si le pregunto... usted, como médico, ¿a cuantas personas conoce que hayan muerto desangradas por cortarse voluntariamente con una cuchilla…?
Titubeó: - Bueno... creo que ninguna, en realidad.
Ella continuó sin dejar que terminara de explicarse. - Pues bien doctor, yo tampoco. Y, sinceramente, si hubiese querido suicidarme, lo hubiese hecho. ¿O acaso no conoce usted otras formas más efectivas para suicidarse que un corte en las muñecas? Creo que queda muy apasionado y muy desesperado eso de morir desangrado, pero un recambio de una cuchilla de afeitado no es la forma que yo elegiría para morir...
- Prosiguió lentamente, dejando que las palabras resbalasen entre sus carnosos labios pintados de carmín. Porque, repito, si hubiese querido, hubiese elegido... no se... una sobredosis de alguna sustancia legal -o no-. Vaciló un instante, distraída por el ruido de los focos de la consulta.
El médico, por su parte, no había tomado ni una nota mientras hablaba. Con una mezcla de incredulidad y fascinación en su rostro, esperó a que ella terminase.
- Dicho esto, creo que ha quedado claro que mi intención no era la que, según dice, aparece en el informe. Si no le importa, mañana tengo una importante reunión y no quiero presentarme con aspecto demacrado...necesito horas de sueño.
Cogió entonces el informe y sacó su pluma Mont Blanc, - regalo de su padre al terminar la carrera- rellenó la parte del alta voluntaria con trazos finos y fluidos y se lo devolvió de nuevo al doctor. - Entonces ¿de acuerdo?
El doctor musitó algo que ella no llegó a entender.
- ¡Ah! Se me olvidaba. Volvió a sacar la pluma del bolso y arrancó una hoja del taco de publicidad de un laboratorio farmacológico que estaba encima de la mesa del médico. Escribió su número de teléfono y se lo tendió con una sonrisa. -Llámeme... si quiere.
Entonces se levantó de la silla y desapareció por la puerta tal cual había entrado.
- ¿Sabe usted por qué está aquí?
Ella ignoró la pregunta. Sacó su pitillera de Prada y encendió un cigarrillo.
- Señorita... lamento decirle que dentro del recinto hospitalario no está permitido fumar.
Exhaló el humo lentamente, con algo de arrogancia pero sin ánimos de desafiar al doctor. En el fondo sentía lástima por él. Rondaría los 30 años, era joven para ser psiquiatra (ella estaba acostumbrada a esos viejos de lentes gruesas y aliento a mentol), bien parecido y amable, a pesar de todo. Y ahí estaba, a las 12 de la noche y con un montón de horas por delante que pasar atendiendo a desconocidos, casos desviados de la naturaleza humana, sin más recompensa que la risa histérica que profieren.
Él repitió la pregunta con paciencia, - Señorita, ¿sabe por qué se encuentra usted en este hospital? - Esta vez el tono de su voz sonó cálido y débil. Esbozó una tímida sonrisa para alentar a que, la que esta noche era su paciente, se decidiese a hablar.
- Silencio. Ella apagó el cigarrillo, sin haberlo terminado, sobre el vaso de agua que el doctor le había servido.
- Señorita... en el informe de urgencias pone que usted se ha intentado suicidar con una cuchilla... sino contesta a mis preguntas, tendré que internarla en el hospital para mantenerla en observación; ¿me entiende?
- Ella cambió el cruce de sus piernas; se alisó con parsimonia su falda y miró directamente al doctor: - discúlpeme si le pregunto... usted, como médico, ¿a cuantas personas conoce que hayan muerto desangradas por cortarse voluntariamente con una cuchilla…?
Titubeó: - Bueno... creo que ninguna, en realidad.
Ella continuó sin dejar que terminara de explicarse. - Pues bien doctor, yo tampoco. Y, sinceramente, si hubiese querido suicidarme, lo hubiese hecho. ¿O acaso no conoce usted otras formas más efectivas para suicidarse que un corte en las muñecas? Creo que queda muy apasionado y muy desesperado eso de morir desangrado, pero un recambio de una cuchilla de afeitado no es la forma que yo elegiría para morir...
- Prosiguió lentamente, dejando que las palabras resbalasen entre sus carnosos labios pintados de carmín. Porque, repito, si hubiese querido, hubiese elegido... no se... una sobredosis de alguna sustancia legal -o no-. Vaciló un instante, distraída por el ruido de los focos de la consulta.
El médico, por su parte, no había tomado ni una nota mientras hablaba. Con una mezcla de incredulidad y fascinación en su rostro, esperó a que ella terminase.
- Dicho esto, creo que ha quedado claro que mi intención no era la que, según dice, aparece en el informe. Si no le importa, mañana tengo una importante reunión y no quiero presentarme con aspecto demacrado...necesito horas de sueño.
Cogió entonces el informe y sacó su pluma Mont Blanc, - regalo de su padre al terminar la carrera- rellenó la parte del alta voluntaria con trazos finos y fluidos y se lo devolvió de nuevo al doctor. - Entonces ¿de acuerdo?
El doctor musitó algo que ella no llegó a entender.
- ¡Ah! Se me olvidaba. Volvió a sacar la pluma del bolso y arrancó una hoja del taco de publicidad de un laboratorio farmacológico que estaba encima de la mesa del médico. Escribió su número de teléfono y se lo tendió con una sonrisa. -Llámeme... si quiere.
Entonces se levantó de la silla y desapareció por la puerta tal cual había entrado.
7 comentarios:
"No coment"
Alizia, no se si llamarte porque la verdad es que no se si te molesto, y no quiero ser pesado, no se, como la última semana te he llamado casi todos los días... Yo te llame antes de ayer tb, un par de veces y tmpoco te localicé, por eso no te llamé ayer cuando vi tu llamada, no quiero que digas, éste pesado otra vez, joder!! que estoy bien, que no tengo ningún problema coño, que me llamaste ayer, en mi casa bien, quieres algo más????
Por eso no te he llamado. A león no se cuando llegaré, el 4 o el 5, tengo unas ganas que o te haces una idea, necesito desconectar YAAAAA
Y que pasará cuando le llame? porque...yo diría que le llama seguro.
MadMax
Final nº1, el llama, ella esta ocupada ese dia, sin más dilación lo arregla para el siguiente sábado, al tio le da la impresión de que sea un contestador o una secretaria la que contesta, cena protocolaria, ella parece que está en otra parte, a cada paso saluda a alguna amiga/o que se encuentra casualmente con los que siempre habla de alguna fiesta o borrachera pasada. Llegan a casa de ella, todo está perfecto, un comentario sobre la decoración que no da pie a una conversación. Pasan al dormitorio, el espera sexo mecánico como con un maniquí, y le sorprende que ella le pida que la degrade hasta puntos que a el le hace sentir incómodo. Cada uno termina en su lado de la cama, ella mira a la ventana con una mirada perdida y triste de la que sale una lágrima. Y no se vueven a ver hasta el próximo informe de urgencias.
@En cuanto a mi, soy estudiante... te he escrito un mensaje a tu correo electrónico :P
@Bran Lanen: dependiendo de la compañía que compre los derechos, si es Disney pues se casan, si es otra puede que la historia de MadMax tenga alguna posibilidad
@MadMax: te prohibo que tengas hijos, y si algún día los tienes, por favor, no te inventes tu los cuentos de por las noches porque desarrollarán insomnio...
Besos a los tres.
Quiero otra dósis
MadMax
No te preocupes, si algún día tengo hijos seran cabrones e infelices, eso lo sabemos todos xD.. con un padre que odia a los magos y payasos, y la gente feliz le parece inmoral...
Dónde demonios te metes que no escribes nada...?
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